La pasividad de la vaca: ¡Leé el premiado cuento de Gustavo Eduardo Green!

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El escritor de literatura infanto juvenil, Gustavo Eduardo Green (“Instrucciones para doblar una jirafa“, Editorial Comunicarte), recientemente ganó el “Concurso de poesía y narrativa” de Fundación FeiDes de Villa Carlos Paz,  que se llevó a cabo bajo el lema “La naturaleza nos inspira“. Consiguió el Primer y el Tercer puesto, con los cuentos “La pasividad de la vaca” y “El llanto de los árboles”.  “Son cuentos surgidos a partir del entorno natural en el que yo vivo, que es San Antonio de Areco en Buenos Aires”, comentó el autor a Qué hacemos má?! sobre las obras elegidas.

Recordemos que Gustavo de 63 años, es uno de los escritores de nuestro país que más premios literarios recibe a lo largo y a lo ancho del mundo. Recibió más de 350 premios literarios, de los cuales más de 100 fueron otorgados fuera de Argentina.

En esta oportunidad, publicamos “La pasividad de la vaca”, un bello cuento para leer en familia.

La pasividad de la vaca

Aquel hombre de campo tenía el gran don de interpretar ciertas actitudes de los animales de su chacra.

Estas habilidades se le habían revelado por azar al percatarse que las veces que Siete Colores le orinaba las alpargatas, al otro día, invariablemente, el viento soplaba fuerte del sur.

Sus detalladas observaciones le ayudaron a obtener ventajas y a prevenir  dificultades.

Con su gran poder de análisis había logrado descubrir, por ejemplo, que el andar en círculo de las ovejas indicaban próxima tormenta de granizo y que los sapos que brincaban hacia atrás anunciaban meses de sequía.

Además tuvo la inteligencia para discernir que no sólo presagiaban fenómenos de la naturaleza. Esta comprobación la reafirmó al visualizar que el caballo realizaba deposiciones frente a la tranquera, únicamente, antes de que llegaran visitas indeseables.

Pero algunas señales eran  bastante ininteligibles, no le fue fácil distinguir las cabriolas que realizaban los lechoncitos, comprendió que tenían dos lecturas de acuerdo al momento del día en que las efectuaban: si las hacían por la mañana auguraban un buen día para la pesca, en cambio si las hacían por la tarde predecían malestar estomacal.

Ciertos mensajes claros no lograban ser interpretados por Lindor. Como iba a suponer él, un hombre que casi nunca se arrimaba al poblado, que cuando el perro se paraba en dos patas y abría las extremidades delanteras (semejando un cristo crucificado) en la quiniela nocturna iba a salir el número 33.

Pero a pesar de estos indicios indescifrables no dejaba de maravillarse al descubrir, día tras día, la capacidad notable de sus animales.

Uno de los hechos más significativos de su vida fue cuando decidió seguir los caminitos paralelos que dejaban marcado esa pareja de cuises. Ya lo habían hecho en otras oportunidades pero recién en ese momento se le despertó la curiosidad por saber hasta dónde llegarían.

Y así la conoció a su Ramona, con la que se quedó hablando mientras los cuises comían a su alrededor marcando un círculo en donde la pareja se enamoró.

Su último gran hallazgo había sido tiempo atrás cuando, luego de meses de observación, concluyó que si el benteveo picoteaba las ruedas del tractor significaba que los pastizales estaban infestados de víboras venenosas.

Más había un animal que lo desvelaba: la vaca. Él, que había descubierto decenas de señales enviadas por los animales que lo rodeaban, jamás pudo descubrir una acción de este tosco cuadrúpedo que le indicara absolutamente nada.

Para su frustración, los mínimos movimientos que realizaba nunca se correspondían con un hecho coincidente.

Decidió observarla a sol y sombra, en cada momento libre ahí estaba Lindor, escudriñando a la inexpresiva rumiante lechera.

Siguió vigilándola, durante días, postrado desde su lecho de enfermo.

Así ocurrió hasta aquella mañana de otoño en que, mientras la observaba por la ventana, lo sorprendió la muerte.

Por la lejanía Lindor no pudo advertir las premonitorias lágrimas de sangre que brotaban de aquellos tristes ojos de vaca.

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