Buscando a Manuelita en París: luces y sombras de la ciudad

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Comencé esta columna varias veces. Por alguna razón me costó más que otros escritos. Lo vuelvo a intentar al ritmo de Manuelita, la tortuga viajera. Una de las canciones que más generaciones atraviesa y conecta entre sí. A través de ella, nos vamos a París, ya desde nuestra primera infancia. En la Historia y en los relatos de la modernidad, París siempre está dando vueltas, es el telón de fondo de miles de películas e imágenes que circulan. Manuelita también estuvo por allí, para volverse joven y bella, pero sobre todo, para viajar sola y volver a Pehuajó, cuando ella lo sintiera necesario.

Para ser sincera, Europa no se encontraba entre mis destinos favoritos. Tampoco lo consideraba una opción, una posibilidad. No sé, lo veía como el viaje que hacen los abuelos para despedirse de la vida. Europa siempre representaba para mí, un viaje para adultos mayores con posibilidades económicas, claro está. Quizás eso haya sido porque las únicas personas que conocí hasta los 18 años que habían estado en Europa, una vez, eran mis abuelos.

 

 

En ese contexto, París solo me resonaba por mayo del 68‘, y muchos textos y autores que conocí en la Universidad. Me refiero a la Universidad Nacional de Córdoba, en esa ciudad con su propio mayo del 69’ (conocido como el Cordobazo) y la Reforma Universitaria como grandes bastiones de una sociedad movilizada, activa, al menos en esos dos períodos.

Fue allí, en la vida universitaria, que conocí gente joven que había viajado una, dos y hasta más de tres veces al otro lado del océano, así, por diversión y turismo, por el puro placer de conocer el mundo.

Los costos para viajar se han flexibilizado mucho desde mi juventud al presente. Por eso ahora es más fácil que podamos viajar con más frecuencia en avión hacia muchos lugares del mundo. Hasta el momento, lo que contaban otros de la ciudad luz, era mi primer contacto con París, bueno, el único en realidad hasta que finalmente tuve la oportunidad de ir, y experimentar en carne propia la “experiencia París“.

 

 

A este viaje lo hicimos con Lucía. Fue diferente a cualquiera de los viajes que compartimos. El primer contacto con la ciudad fue en una estación de autobuses donde nos llevaron desde un viejo aeropuerto en el que aterrizan los vuelos baratos de Ryanair, un punto de operaciones de la segunda guerra mundial. Un dato fundamental era la distancia y falta de servicio público de transporte que lo unía con nuestro destino real: París; por supuesto no enteramos al llegar, como buenas improvisadas. El Aeropuerto de Beauvais-Tillé es un aeropuerto civil que se encuentra en la comunidad de Tillé, a unos 80 km al norte de París. Este aeropuerto es usado por aerolíneas de bajo costo y salir de ahí puede representar casi la mitad del boleto de avión.

Llegué a mi destino y me sentí un poco estafada e ignorante, ¿cómo no haber chequeado el temita de las distancias, con tantas herramientas para ello? La hora y media que tardamos haciendo ese trayecto del aeropuerto a París, nos encontró con todas las caras e impresiones posibles al respecto.

Cuando salimos del autobús, debimos entrar al metro para llegar al departamento donde nos esperaban. Ese fue en realidad el primer contacto verdadero con la ciudad luz, un centro comercial en cuyo subsuelo estaba el metro. Eso no era novedad, lo que sí fue, es que al ingresar al centro comercial nos detuvieron unos tipos de seguridad y nos solicitaron que mostremos todo lo que llevábamos. Abrir carteras y bolsos con Lucía inquieta por llegar a algún sitio que tampoco sabía bien cual era, fue muy incómodo, y esa incomodidad la sentimos en varias oportunidades, también en el parque público, en los alrededores del mítico Louvre. Pensé enseguida que uno de los motivos de vivir tal situación podría ser que al estar jugándose la copa europea justo en esa ciudad, los controles se habían intensificado, tanto en el metro como en otros sitios públicos, esa precaución ante el temor de algún atentado se hacía sentir.

Con el pasar del tiempo me di cuenta que la imagen que yo tenía de esa ciudad estaba fuertemente moldeada por mi saga romántica preferida hasta el día de hoy, esa que empieza con “Antes del amanecer”, y por “Amélie”, otra película de amor, con algunos destellos de magia y fantasía; junto a su música compuesta por Yann Tiersen, llena de pianos e instrumentos de cuerdas que sobresalen con potencia; ¡ah! y “Edith Piaf”, todas obras y personajes que me pintaban ese lugar tan especial, pero en el que sin lugar a dudas también pasan cosas desagradables.

 

En París entramos a pocos lugares cerrados y caminamos por días y días. El tránsito era algo caótico, pero la ciudad tiene unos parques y unos senderos exquisitos para recorrer. Es una ciudad enorme y muy bonita, aunque con grises intensos por estos tiempos. Cuando recuperé mis notas de viaje lo primero que apareció decía así: “El límite entre la locura y serenidad es muy, muy delgado. De alguna manera todos lo experimentamos muchas veces en la vida. No es algo bueno, pero es. Así como la tristeza o los dolores…hay que pasarlos. La clave es saber encontrar las palabras, el aire, los consejos que nos den el envión para corrernos de nuevo a un lugar donde estemos más seguras, o al menos más tranquilas, para pensar desde márgenes no tan tensos”.

Como ya lo mencioné, ingresamos a un nuevo espacio público y  nos pidieron abrir los bolsos, otra vez. Todos tienen algo de miedo, todos están bajo “amenazas”. Todo tiene vallas o rejas, allí donde instalaron la libertad como una de las banderas de la modernidad, como una obligación de nuestros tiempos.

 

 

No puedo dejar de comentar -hago aquí un paréntesis- que muy temprano (a la madrugada), el metro se llena de colores y tules en las cabezas de las mujeres, que se ríen y charlan entre ellas. Yo no entendía nada de lo que decían, pero estaban charlando de sus manos y sus uñas destruidas por el trabajo, eso se notaba a simple vista. Cada una se bajaba en una estación diferente, se reían, se despedían hasta el otro día a la misma hora, y a medida que iban quedando menos, se veían más y más bostezos.

En la ciudad del amor nos cruzamos con múltiples grabaciones de videos o sesiones de fotografía, vimos novias glamorosas con zapatillas estilo Topper, por ejemplo. De todo un poco, eclecticismo por doquier.

París es muy grande y bonita, pero sucia y caótica, debo decirlo.  Como sucede con todo lugar al que una llega de paso sólo por un rato, anduvimos por el círculo acotado que se recorre como turista. Todos somos turistas, masas de turistas que hacemos lo mismo en los mismos lados y nos llevamos más o menos los mismos recuerdos. El helado de aquí, el turrón de allá, el pastelito, la tapa, los baguettes, el vino verde, los espetos. Así, con casi todo. Los souvenirs son por millones e iguales en todos lados, y casi todas las recomendaciones para ir a cualquier sitio tienen que ver con lo gastronómico, lo arquitectónico o lo artístico. Me inclino por lo gastronómico, me gusta sobre todo si llena y deja el corazón contento.

 

 

Quisiera enumerar algunos de los lugares e impresiones que deben ser destacados, para que pueda servir a quien ande pensando viajar a París. Empiezo por lo importante; hay pocas plazas para jugar con los pequeños, pero hay. La dinámica de la ciudad y del turismo es un poco limitada para andar con niños, la opción que muchos te dan es la visita al Parque Disneyland París, que no es nuestro estilo de turismo, ni creo que una niña de 3 o 4 años pueda disfrutarlo plenamente, sí niños más grandes. Así que de ese lugar no puedo brindar mi experiencia, sólo recordar que allí está como opción.

Salir a recorrer París es todo el tiempo mirar o encontrarse con la Torre Eiffel, más cerca o más lejos, pero siempre se la puede ver. Es sin duda el símbolo más fuerte de la ciudad. Conviene ir a primera hora de la mañana para evitar largas colas. Es muy bonito también subir al anochecer, pero mucha gente piensa lo mismo, por lo cual siempre está abarrotada de personas que desean subir. Es bueno darse un tiempo para disfrutar los Campos de Marte (Champs de Mars), campos verdes en los alrededores de la Torre Eiffel, desde los cuales las fotografías salen extraordinarias.

 

En el Hôtel des Invalides encontrarán, además del histórico edificio, los restos del emperador Napoleón Bonaparte. En un inicio fue pensado para albergar a los inválidos de las guerras napoleónicas. Muy cerca se encuentra el puente de Alejandro III, que es realmente precioso. Sus detalles y la vista que desde allí se obtiene, son para disfrutar sin correr, darse el tiempo para mirar poquito a poco. Observar en un tiempo diferente al de sacar fotografías, para que quede en la retina un recuerdo fresco, más allá de la imagen que después podemos volver a revisar una y mil veces.

El capítulo museos queda pendiente, pues no los hemos visitado, considero que sus dinámicas son difíciles para abordarlas con los niños pequeños, por sus ritmos y maneras de habitar los espacios. Pero si les interesa podrían pensar en el Museo de Orsay donde se exponen obras de Van Gogh, Matisse y Monet, y el famoso Museo del Louvre.

 

En las largas caminatas nos topamos con la Catedral de Notre Dame, cerca, nos quedamos atrapadas disfrutando de grupos de jóvenes que hacían demostraciones de sus destrezas en patines. Hacían fantásticas piruetas. Nos sentamos en el piso y disfrutamos de eso, como de muchos otros espectáculos callejeros de calidades excepcionales. Volviendo a la famosa catedral del jorobado, además de disfrutar de la catedral por dentro, recomiendo subir a una de sus torres para contemplar una de las mejores vistas de la ciudad. Sus gárgolas impactan y son foco de muchas de las imágenes que desde allí se desprenden.

La Concergierie es uno de los más sobrios palacios de París, habitado por los reyes de Francia antes de pasar al Palacio del Louvre, que luego fue convertido en cárcel, donde según comentan, fueron confinados María Antonieta y Robespierre, antes de ser decapitados. A su impactante edificio, se le agrega el encanto de estar al lado del Sena.

 

Mientras recorrimos la ciudad, solo dejándonos llevar, pasamos por el Arco del Triunfo, que se encuentra en el centro de una rotonda a la cual sólo se puede acceder por un paso peatonal subterráneo;  allí pueden subir a lo alto y contemplar los extensos Campos Elíseos, una de las principales arterias de París, donde están las mejores tiendas de las firmas más lujosas del mundo; más exposición, que posibilidad real de consumo para muchos.

Acercándonos al Museo del Louvre, nos encontramos con la Plaza de la Concordia y su obelisco, uno de los más bonitos que se conservan en Europa. La paradoja es que uno de los puntos turísticos de la ciudad es un robo, pues fue extraído a los egipcios durante las guerras napoleónicas en Egipto, pero nunca devuelto.

Todo ese paseo es muy bonito, fue una de las tardes que más disfrutamos junto a Lucía, con unos mates y juegos sencillos en el Jardín de las Tullerías, ubicado entre la Plaza de la Concordia y el Jardín del Carrusel. Su parque repleto de esculturas y fuente, invitan a recorrer y luego acostarse en el pasto a descansar.

 

El Louvre es uno de los museos más importantes y más completos del mundo. Además de su interesante colección pictórica, exhibe una inmensa cantidad de objetos históricos provenientes de Egipto, Grecia, Roma, lo que representa también una gran tensión, porque en el país de la libertad y la fraternidad, uno de sus sitios culturales por excelencia es en realidad un “lugar de saqueos” a todos los pueblos del mundo, y eso, al día de hoy, tampoco resulta llamativo a muchos. Es muy grande y se dice que se podría tardar meses en recorrerlo completo y con tranquilidad. Nadie dispone de ese tiempo, pero además París es una ciudad que vale la pena recorrer y guardarse en el museo por horas interminables, no sería muy recomendable por más cultura que allí se respire. Hay que hacer un estudio anterior, ver los intereses de cada uno, e ir directamente a ver aquello que uno desee. Un dato que puede servir, es que la entrada al Louvre, el primer domingo de cada mes, es gratuita.

 

Lo que llaman el París más auténtico, más bohemio y artista, lo pueden encontrar en Montmartre. Perderse por sus calles, disfrutar de la música callejera con espectáculos de alta calidad, mientras se contempla a los pintores de las plazas y se toma un café en una alguna de las terrazas, es clave. Fue por allí que nos sentamos a almorzar y nos contaron que nunca se compra agua, pues cuando uno se sienta en un bar, ellos tienen la obligación de poner este líquido necesario, gratuitamente, para quien sea. La comida es cara, y sus porciones son pequeñas. Debe ser unas de las dificultades más sobresalientes para el turista, por lo cual muchas veces uno termina improvisando baguettes, fiambre o quesos en cualquier momento, para amortizar el hambre; la fruta también ayuda.

Otro lugar muy recomendable para sentarse a cenar y tomar algunas cervecitas, o copas de vino, es el Barrio Latino, la diversidad de comidas del mundo se pueden encontrar en muy pocas cuadras, es una gran zona para la noche.

La plaza donde se reúnen el mayor número de pintores callejeros de Montmartre es en la Place du Tertre, otra buena oportunidad para tomar algo en una terraza típica francesa, y apreciar obras de arte a muy buenos precios, es lo más parecido a una galería de arte al aire libre.

Los cementerios no son mi fuerte, y menos aún viajando con hijas pequeñas. Por ello no ingresamos al Cementerio de Montmartre, pero si desean ir, podrían encontrar una gran cantidad de obras de arte escultóricas y las tumbas de muchos personajes históricos de la literatura, la política, el arte, no sólo de Francia sino de todo el mundo, incluyendo personajes de la música y el cine, lo cual hace de ese lugar un sitio turístico imperdible.

 

 

Viajar con pequeños es también tener el registro de su cansancio, y el nuestro se multiplica, porque muchas veces debemos estar atentos a las multitudes y las distracciones, entre tantas otras cosas. Pero en todas las rutas que compartimos con mi pequeña hija hemos disfrutado sobre todas las cosas. Siempre peleamos de tanto en tanto por el peine, el baño, y la permanente negociación entre upa y caminata, pero ella se deleita con los paseos y las siestas en los brazos, sentadas en cualquier asiento de cualquier ciudad. Lo que no está nada mal para frenar la vorágine de querer hacerlo todo.

Lucía se hartaba de las fotos, pero pedía algunas muy concretas para mandárselas especialmente a su primo Pedro, quien le decía de tanto en tanto por Whatsapp que la esperaba en Salta. Ella respondía con fotos y algunos audios, contándole lo que más le gustaba del día, o lo que a esa hora recordaba con más frescura. Algunas fotos que pidió para él fueron la “del amigo de San Martín: Bolívar”, mientras recorrimos los márgenes del río Sena, donde se pueden hacer los típicos recorridos bateaux mouches, con vistas a ambas orillas de la ciudad.

Ese recorrido que menciono nos llevó toda una mañana corriendo, jugando, cantando. Dejándonos tentar por un crepe gigante de nutella y banana, haciendo carreras con una flor en mano, mirando de tanto en tanto los barcos llenos de gente que pasan por allí cerquita. Carros a caballo y gente en bicicleta que también te tentaban para hacer descansar los pies. Se cuentan treinta y siete puentes sobre este río la ciudad de París. Algunos de los más famosos son el Pont Louis-Philippe y el Pont Neuf, éste último se remonta al año 1607.

Lucía afirma que España le gustó más que París, no se qué entenderá de tanta cosa, pero capta cada movimiento, cada decisión que vamos tomando, y en esos recorridos también va eligiendo lo que le gusta. Es una gran compañera de viaje, es un placer. Es cierto que viajar con pequeños cambia el ritmo o la cantidad de cosas que por ahí podríamos hacer si solo fuéramos adultos viajando, pero le pone otros condimentos, otra energía, y esa necesidad de cada tanto tener que frenar a jugar con lo que el contexto nos ofrece, hacer de cualquier cosa un juego, una demostración de amor, una conexión.

Durante todos los días que estuvimos en París, la consigna era encontrar a Manuelita, y al despedirnos supimos que por alguna razón ella también quiso volver a su casa, y nosotras contentas preparamos las valijas para emprender el retorno y después de un tiempo, planificar nuevas aventuras. Quizás buscando ahora a Elsa, la Reina del hielo, y quien canta en su mejor canción “Libre soy, libre soy”.

 

 

 

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